EL PENSAMIENTO

«Un filósofo: es un hombre que constantemente vive, ve, oye, sospecha, espera, sueña cosas extraordinarias; alguien al que sus propios pensamientos golpean como desde fuera, como desde arriba y desde abajo, constituyendo su especie peculiar de acontecimientos y rayos; acaso él mismo sea una tormenta que camina grávida de nuevos rayos; un hombre fatal, rodeado siempre de truenos y gruñidos y aullidos y acontecimientos inquietantes.» (F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, § 292).

En pocas palabras, ¿qué piensa Diego Fusaro? ¿Cuáles son los fundamentos de su visión del mundo? Aquí un marco muy general, que, sin pretender ser exhaustivo, describe algunas de las principales directrices del pensamiento de Diego Fusaro que se exponen, profundizan y argumentan en sus ensayos, sus artículos y sus libros. En las líneas siguientes se aborda muy someramente la perspectiva filosófico-política de Diego Fusaro.

Diego Fusaro se considera un discípulo independiente de Hegel y Marx. Cree que Gramsci y Gentile son los dos filósofos italianos más importantes del siglo XX. De la modernidad, prefiere –además de Hegel y Marx– a Spinoza y Fichte. Sin embargo, más allá y antes que los modernos, piensa que deberíamos volver a empezar de la sabiduría clásica griega: la metafísica del límite y de la justa medida (métron áriston). El conocimiento griego es el fundamento de la conciencia histórica de Occidente, la base ineludible para una ontología, una ética y una política centrada en la figura del límite y en la contención de lo ilimitado entendida como una tragedia en detrimento del ser y de la comunidad humana. Antes de Hegel, fueron Spinoza y Vico quienes descubrieron la totalidad (deus sive natura, dice Spinoza) y la historicidad (convertuntur verum et factum, en la «Ciencia nueva» de Vico). Para Fusaro, la verdad filosófica se corresponde con el proceso de toma de conciencia por parte de la humanidad concebida como un único Yo que se vuelve cada vez más libre y más consciente, siguiendo el ritmo de un proceso marcado por alienaciones y desalienaciones. La verdad, por lo tanto, no es el reflejo inerte de la muerta positividad pensada como autónoma e independiente. Es, por el contrario, la actividad práctica llevada a cabo para que la subjetividad humana se corresponda con la objetividad, concebida como el resultado de un poner históricamente determinado. De ahí la importancia del idealismo alemán y sus variantes revolucionarias (Marx y Gramsci); la sustancia debe ser entendida como Sujeto (Hegel), el No-Yo como puesto por el Yo (Fichte). La historicidad del espacio coincide con la novela de aprendizaje del ser humano, con la identificación entre sujeto y objeto como resultado de proceso de devenir verdad-de-la-verdad. El mundo capitalista es, por su parte, el momento de alienación máxima; la humanidad se pierde en sus objetivaciones históricas que han dejado de ser los productos de la actividad humana, para convertirse en muerta daidad a la que adaptarse pasivamente. El conocimiento se transforma en un mero reflejo científico (adaequatio rei et intellectus), la política en una mera conservación de la objetividad dada.

El capitalismo se convierte así en el momento cumbre de la enajenación de la humanidad frente a sí misma y a sus propias potencialidades ontológicas. En el reino capitalista el hombre se pierde y no se realiza. Es esclavizado por sus productos en lugar de ser su señor. De ahí la necesidad vital de una nueva filosofía de la praxis que, en la estela de Gramsci y Gentile, desfatalice al ser y acabe con la mística de la necesidad. Puesto que el mundo objetivo es el lugar donde se despliega la actividad humana históricamente, este puede ontológicamente y debe moralmente ser racionalizado a través de la acción. La superación del capitalismo y la puesta en práctica de relaciones comunitarias libres sigue siendo la tarea, todavía no realizada, de todo pensamiento y acción. La filosofía, siguiendo las huellas de Platón, está llamada a conducir a los hombres fuera de la caverna donde, como esclavos ignaros que aman sus cadenas, están presos. Después de una etapa abstracta de planteamiento y una de dialéctica conflictiva (burguesía vs. proletariado), el capitalismo hoy se ha absolutizado en la forma posburguesa, posproletaria, flexible y financiera del capitalismo absolutus; es decir, perfectamente realizado, libre de todo límite real o simbólico. El nuevo conflicto de clases en el marco del capitalismo absoluto después de 1989 pasa a ser un enfrentamiento entre el nuevo Señor posburgués y el nuevo Siervo posproletario; es decir, entre la aristocracia financiera apátrida, antiproletaria y antiburguesa, por un lado; y la nueva plebe precarizada y pauperizada, resultado de la decadencia de la clase media burguesa y de la clase trabajadora proletaria, por el otro. La aristocracia tiene como objetivo redefinir todo el mundo como «sistema de las necesidades» (Hegel), sin eticidad para individuos competitivos que únicamente se relacionan con el do ut des. Su fin es destruir todos los valores proletarios (trabajo, dignidad, derechos sociales, antagonismo emancipador,  conciencia de clase) y todos los valores de la ética burguesa (conciencia infeliz, familia, organismos públicos, Estado). La antigua unión entre la conciencia burguesa infeliz y las luchas proletarias para el reconocimiento del trabajo –fase dialéctica del capitalismo– pasan a la nueva masacre de clases unidireccional y controlada por la aristocracia financiera a expensas de la nueva plebe globalizada, posburguesa y posproletaria (el precariado mundial). Por lo tanto, una vez más, surge la necesidad de proponer pistas concretas de emancipación –según Marx y Gramaci– para salir de la caverna de la mundialización capitalista y liberar a la humanidad de las patologías del clasismo, la cosificación y la violencia ontológica en detrimento del individuo y del planeta. En la época en que la dicotomía topológica entre izquierda y derecha ya no existe, es preciso recategorizar la realidad y pensar diferente, reverticalizar el conflicto (Señor vs. Siervo), repolitizar la economía, volver a recuperar una sociedad más ética, desglobalizar lo real y lo imaginario, derrocar el nuevo orden mundial clasista americanocéntrico, y transformarlo en un nuevo multipolarismo de Estados soberanos y comunitarios,  democráticos y solidarios, centrados en el reconocimiento de la pluralidad de costumbres, pueblos, lenguas y culturas (en contra del modelo único de la mundialización). Para profundizar estos temas y todas las cuestiones relacionadas con el pensamiento de Diego Fusaro (aquí mencionadas rápidamente), pueden leer sus escritos (libros y artículos principalmente).

Traducción de Michela Ferrante Lavín

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Diego Fusaro